La respuesta a mi oración

En mi último año de estudios, la pregunta que más me hacían era, “¿Qué vas a hacer el otro año?” y esta pregunta me asustaba mucho. Cuando le respondía a la gente diciéndoles que iba a estar en Honduras, me miraban con preocupación y decían cosas como, “¿Estás segura que hayas pensado bien esto?” Honestamente, la respuesta a esa pregunta era que no. Les tenía tanta envidia a las personas que podían buscar sus carreras universitarias en línea y tener una idea de qué iban a estar haciendo, y yo sentía que lo único que podía hacer era orar.

Sí, se escucha negativo, aunque muchas veces es la cosa más importante que podemos hacer; pero estaba aterrorizada pensando en el momento en el que tendría que abordar el avión y dejar atrás todo lo que conocía. Tenía tanto miedo de no poder hablar con nadie porque mi español no es tan bueno. Cuando llegué, nunca quería hablar en español porque me dio miedo de decir algo mal o de empezar a decir algo y darme cuenta de que no tengo idea de cómo seguir.

Uno de los versículos que me sostenía durante los últimos dos años de secundaria es Filipenses 4:6, que dice “No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias”. Definitivamente pensé que esta era una situación donde tenía que poner este versículo en práctica.

Le pedí a Dios la confianza para empezar a hablar más español y para aprovechar las oportunidades para tener conversaciones con los niños en campamento. En ese momento, no pensaba que Dios iba a responder tan rápido.

El siguiente día en campamento, vi a uno de mis amigos, Héctor, teniendo problemas con su tarea. Normalmente en esta situación, le hubiera pedido a alguien más que le ayudara, pero esta vez decidí tomar una de las oportunidades que le había pedido a Dios la noche anterior. Así que con mi español chapurreado, me senté con él y conté pajillas para que trabajara sus problemas de matemáticas, y cada vez que hizo una suma, se le iluminaba la carita y pude ver lo orgulloso que estaba por haberlo hecho. Cuando ya iba terminando la tarea, quería hacer el último ejercicio él solo, sin ayuda. ¡Nunca me había sentido tan orgullosa como cuando le salió la respuesta correcta!

Pensé que, como había tomado la oportunidad, allí terminaría la historia, pero el siguiente día en campamento escuché que alguien gritaba, “¡Hannah! ¡Hannah!” y volteé a ver a Héctor entrar corriendo al campamento con una hoja en la mano. Lo primero que pensé fue, “Ay no, le salió todo mal en la tarea, y por mi culpa”, pero afortunadamente no fue así. Corrió directo hacia mi, me dio un gran abrazo, y dijo, “¡Hannah! ¡Me ayudaste con la tarea ayer, así que te hice un dibujo para agradecerte!” Con mucho esfuerzo resistí las ganas de llorar allí mismo frente a él.

Esto me hizo ver lo importante que es presentar todo a Dios, sin importar qué es. ¡Y al final, tal vez terminarás con un dibujo bonito de un árbol y nubes!

 

Hannah Barnett - Interna de Campamento Escolar