We Reap What We Sow

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It’s refreshing to think of how good God is
. It’s exciting to realize how many things we’ve done, how much we’ve achieved as a ministry; but it is also a challenge to know how much we still have left to do to continue keeping the promise, Christ’s promise to take love to those who need it.

During the time I have been serving the children and youth, I have noticed that there was a love in me that needed to be woken up. I have come to understand that if I don’t have love, I am nothing.

Being present day to day with the children and youth, I have learned to show empathy and feel what the kids feel and what they are going through. Many of their families have trouble finding a way to meet their daily needs.

It is sad to realize that more than a few of these children have been mistreated at some point, in some cases by a member of their own family. Many times these situations affect the child’s performance, and, even more often, silence their voice, leading them to show a behavior totally different from who they really are.

In situations like this, as their friends, we must support them, motivate them, and not stay quiet or keep our arms crossed. Because we love them, we look for the way to protect them.

Many of these children’s parents, perhaps because of the need to work to sustain their families, don’t have much time to ask about what their children are learning. It’s always the same routine. I feel happy to know that we can help these families, giving a little extra love, discipline, and value to their children.

The work we do fills me with satisfaction and joy, because we reap what we sow. It is lovely to see the kids and receive their hugs when I see them in the street. Their faces radiate joy, as if they want to say, “I am full of love and gratefulness for what you do for me.” That is priceless; it’s an incomparable love. 

Because God is good to his children, these children also should be good to others. God’s love is immense; and as a father loves his child, so he loves us, who are his children.

Jesús Armando Martinez - Camp Agape Assistant Director




Uno siega lo que siembra



Es refrescante saber cuán bueno es Dios. Es emocionante darse cuenta de cuántas cosas hemos hecho, cuánto hemos logrado como ministerio; pero también es un reto saber que aún falta mucho por hacer para seguir cumpliendo la promesa, una promesa que Cristo comparte para llevar amor y aprecio a quienes lo necesitan.

Durante este tiempo que he estado sirviendo a los niños y jóvenes, me he dado cuenta de que existía en mí un amor que hacía falta despertar. He comprendido que si yo no tengo amor, nada soy.

Estando presente día a día con los niños y jóvenes, he aprendido a mostrar empatía y sentir lo que los niños sienten y están pasando. Muchas de las familias no encuentran la manera de suplir ciertas necesidades que a diario tienen.

Es triste darse cuenta de que más de alguno de estos niños está siendo maltratado en algún momento, quizá por algún miembro de su familia. Pocas veces esto no afecta en el desempeño del niño; y la mayoría de las veces, este tipo de violencia les apaga su voz. Por lo tanto, muestran una conducta totalmente diferente a la que en realidad representa quienes son.

En situaciones como esta, como sus amigos debemos apoyarlos, motivarlos y no quedarnos callados ni de brazos cruzados. Porque los amamos, busquemos la manera o el medio para protegerlos.

Para muchos de los padres de estos niños, quizá por la necesidad de trabajar para mantener a sus familias, les falta el tiempo para estar pendiente de lo que sus hijos están aprendiendo. Y esta es la misma rutina de siempre. Me siento feliz de saber que podemos ayudar a estas familias dando un poquito más de amor, disciplina y valor a sus hijos.

La labor que realizamos me llena de satisfacción y de gozo porque uno siega lo que siembra. Es lindo ver a los chicos y recibir abrazos de ellos cuando los encuentro en la calle. Sus rostros irradian alegría, como queriendo decir, “Estoy lleno de amor y agradecimiento por lo que hace por mí.” Eso no tiene precio; es un amor incomparable.

Porque bueno es Dios con sus hijos, estos hijos también deberían ser buenos con sus semejantes. El amor de Dios es inmenso, y como el padre ama a su hijo, también nos ama a nosotros que somos sus hijos.

Jesús Armando Martinez - Subdirector de Camp Agape

Blair Quinius